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Por ti me voy, por ti me quedo

Crecí en el arraigo, en el mismo apartamento en el que aún vive mi madre y que visito con ternura. Estudié en el mismo colegio. Trabajé durante años en la universidad en la que me gradué. Mis amigos se pueden llamar “de toda la vida” y las amistades que voy iniciando y cultivando siguen el curso de convertirse en amigos “de toda la vida”.

Migrar ha sido una experiencia de la adultez. Inicalmente mi esposo y yo debíamos elegir un lugar para empezar y sucesivamente hemos tenido que elegir un lugar para continuar. Este proceso nos ha llevado, como padres, a la conciencia emocional de estos cambios. Las decisiones tomadas han requerido una revisión de nuestros propios procesos individuales.Irse o quedarse

Migrar como familia en muchos momentos significa una búsqueda de un lugar en el que los hijos puedan “vivir mejor”. Un lugar en el que podemos ofrecerles un “mejor futuro”, superior a este presente abrumador o al futuro incierto que nos perfila nuestro lugar de origen.

Con frecuencia escucho “es que me quiero ir porque quiero que ellos vivan otra cosa, que se pueda caminar por la calle, que enfermarse no sea un riesgo”. Y yo misma me veo en esa frase.

Sin embargo con la misma frecuencia escucho “no me quiero ir porque quiero que tenga lo que yo tuve, la familia, los abuelos, los primos, eso de ser extranjero y andar solo me parece muy duro”. Y en esa misma frase, también me veo.

Suele exisitr un conflicto en los padres sobre aquello que desean ofrecer sus hijos en el corto, mediano y largo plazo. Por un lado el ideal de la familia arraigada, libre de los duelos propios del proceso migratorio, que sigue un camino más lineal, por el otro, la familia que vive el duelo, pero ve compensado el esfuerzo en logros laborales, educativos, de salud que nos acercan a algo que muchos resumen en “calidad de vida”.

Soy la niña que vivió feliz y segura en el arraigo. Sueño con darle un poco de ese arraigo a mi hija. Pero también viví sin miedo de asaltos, me monté en autobús para ir a casa de amigos cuando recien inaguraba mi adolescencia y podía ir a comprar pan con 12 años sin que mamá temiera por mi vida. También quiero darle eso a mi hija.

Me duele no poder darle todo eso junto. No juzgo la elección de nadie, y valoro profundamente a quienes logran respetar las elecciones de otro. Y quizás tenga que elegir. Quedarme para ofrecerle el arraigo de una familia, de unos amigos, de un proyecto. Irme para ofrecerle seguridad de una educación, de unos derechos ciudadanos. Este conflicto antes de la toma de decisión migratoria es el inicio de un largo proceso…

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