Emigrar con niños y adolescentes, Psicología para emigrar
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“Yo no me voy”: cuando los adolescentes se resisten a migrar

Adolescentes que no quieren migrar

Adolescentes que no quieren migrar: Yo no me voy!

Desde el consultorio la perspectiva es otra. Ves la confusión de un niño o adolescente con otra mirada. Y logras entrever, en su resistencia al plan migratorio, una sensación de traición. Muchas veces los padres, que hasta ahora han mantenido una posición omnipotente en un entorno adverso, ahora confiesan que no son capaces de mantener la burbuja.

Cuando un adolescente se resiste al cambio de país/ciudad creo valioso que los padres reconozcan varias diferencias entre adolescentes y adultos para valorar la realidad. Por muy altos y guapos que estén, no dejan de tener pocos años de vida, y una perspectiva más limitada de la realidad.

Para poder reaccionar sanamente, necesitamos compreder por qué se resisten, acompañar su proceso emocional y respetar su proceso, a la vez que mantenemos claridad y firmeza sobre nuestra decisión adulta.

¿Cómo enfrentar esta resistencia al plan migratorio de la familia?

Me lo explica asi LG, a sus 11 años estaba completamente en desacuerdo con el plan de irse a vivir a Colombia. Tejía planes secretos para quedarse con sus abuelos, y estaba convencida de que esta especie de “capricho” de sus padres no tenía asidero real. Sus padres, que sin ser demasiado adinerados, ciertamente mantenían un estilo de vida cómodo en Venezuela, tenían pensado emprender un nuevo negocio en Bogotá. No sólo tenían las posibilidades de hacerlo, sino que el plan avanzaba adecuadamente, por lo cual la familia se trasladaría en pocos meses. LG era incapaz de ver esta realidad, en una sesión me contó lo siguiente:

“Mira Rosario, este es un país con problemas… a menos que tengas mis padres”

No se trataba de una niña presumida, por el contrario era una afirmación cargada de ingenuidad sobre los “superpoderes” de estos padres.

Sus padres representaban una especie de escudo, que había logrado durante estos años protegerla de los embates de una realidad cada vez más dura. El escudo que ella había idealizado se estaba deshaciendo ante sus ojos, esto implicaba para esta adolescente inteligente y sagaz, una especie de traición de los padres, que no está dispuesta a perdonar fácilmente. Se prepara para resistirse, y utiliza su cuerpo ara ello, somatizando ante los cambios mas sutiles. Gripes, alergias y hasta insomnio acompañaron a LG hasta que empieza a ver a sus padres desde una perspectiva más realista y logra identificar sus recursos y debilidades a la hora de afrontar el posible cambio.

Un adolescente que afirma “yo no voy”, reclama a sus padres, que hasta ahora han sido semi-dioses en el olimpo de su casa, la estrepitosa caída que arrasa con su vida, hasta ahora predecible. De todos modos tenía que darse cuenta de la condición humana de sus padres.

Es un proceso en el que progresivamente todos vivimos durante la adolescencia: mamá/papá no son exactamente como yo pensaba… el cambio puede transitarse honrosamente sin mayores consecuencias para la familia en la medida en la que la imagen que queda de los padres es menos disonante con la realidad que vamos descubriendo. Pero la exigencia que supone un cambio de contexto (familiar, de colegio o de país) podrían poner al descubierto una realidad difícil de digerir para este adolescente que, en consecuencia, se resiste al cambio como forma de proteger su pequeño mundo seguro.

Por otra parte considero prioritario en medio de este proceso hablar abiertamente de los sentimientos de vulnerabilidad de cada uno. Los adolescentes desearían atravesar esta etapa sintiéndose seguros de si mismos, competentes, suficientemente buenos (bellos, inteligentes, hábiles) para relacionarse con un entorno exigente. Y justo cuando más necesitan de esto, zas! Los dejamos al descubierto y colocamos frente a ellos todas sus inseguridades. No es una etapa en la que resulte fácil hablar de la inseguridad, y es cuando el rol de los padres es tan clave: hablar en este lenguaje implica reconocer el miedo a la soledad y el desprecio de los otros.

1.- La resistencia abandonar a los amigos “de toda la vida” es una cara del gran miedo primario a no ser querido nuevamente por no ser igual a “los otros”.

A veces este temor toma una de sus caras mas tenebrosas: miedo por no ser igual físicamente, o a no hablar el idioma, o pensar que el colegio “allá” es más difícil, o sentir que simplemente los demás ya tienen amigos y sabemos, por simple observación, qué pasa con los nuevos en un colegio.

D me decía “al principio” a los nuevos nadie les habla. Yo no (mentía descaradamente) yo soy de las que les habla, yo pienso ¿por qué no? Y les hablo…

Le pregunto sobre una compañera nueva que ella ha mencionado hace poco y confiesa es que es muy fácil meterse con ella porque “no sabe cómo es todo!” al admitirlo, admite su temor a vivir esta experiencia.

Personalmente he vivido no ser igual físicamente. Es curioso cómo se pasa de ser común y corriente a ser un raro especímen en cuestión de horas. Esta sensación la mayoría de las veces no es grata, pero es sobretodo pesada al principio, pues no sólo debes cargar con la diferencia racial, sino con dos problemas claves: las diferencias del idioma y las sutiles, pero muy importantes diferencias al vestir. Digamos que entonces yo tenía 30, y yo misma había decidido irme. Pero pensemos que en lugar de eso tenía 15 y unos padres preocupados por otras cosas “más importantes”.

Apoyar a nuestro hijo a prepararse lo ayudará a afrontar el cambio con mayor posibilidad de éxito y a la vez ilusionarse con el cambio: tener expectativas positivas acerca de si mismo en ese potencial lugar de destino.

2. El siguiente miedo tan primario como real es dejar de ser querido.

Su manifestación más obvia es la sensación del adolescente de que se “perderá “ cosas: el acto de graduación, los quince años de, las vacaciones con… esta pérdida entraña el temor a ausentarse, e incluso ser borrado de la memoria colectiva de nuestros amigos. De los que nos conocen y saben quienes somos “de verdad”. Es por ello que el duelo migratorio es tan traicionero, lloramos algo que no ha dejado de existir, que sigue vivo, riendo mientras nosotros nos desdibujamos de su panorama.

En general este sentimiento nos afecta a todos, pero en la adolescencia tiene un peso especial. Estamos construyendo identidad a partir de la mirada de los otros. Perderlos, es en si mismo, perder una parte de nosotros mismos que está en formación, que aun no está del todo terminada.

Hace poco tiempo una madre, que tenía planes de cambiarse de ciudad se quejaba en mi consultorio

“No entiendo cómo es que C no quiere irse. Él dice que quiere estar con sus amigos, pero te voy a decir la verdad: él no tiene casi amigos. Lo único que hace es jugar play de vez en cuando con dos vecinos y va algunas veces a casa de un compañero a hacer algún trabajo, yo no entiendo de qué amigos lo estoy separando”

C había tardado la primaria entera en hacer ese único amigo con el cual hacía trabajos, y 13 años en empezar a tratar a su vecino. Para C, en su recién estrenada adolescencia, esos tres o cuatro amigos, que su madre menospreciaba, le hacían sentir integrado, querido, bueno para jugar Care of Duty, inteligente en las materias como historia o geografía, y además podía ser invitado a una fiesta de cumpleaños. Estos pocos amigos representan su nueva identidad: de niño solitario, a adolescente divertido con gustos compartidos con otros. Por si fuera poco empezaba socializar con los amigos de su clase a traves el grupo de wassapp y podía estrenar nuevas habilidades para hacer reír al grupo con sus comentarios acerca de lo sucedido durante el día utilizando la red social. C sentía mucho miedo de perder este logro, y mucha ira a hacia una madre que lo minusvaloraba. La dificultad que su madre tenía para comprender estos sentimientos era que tenía una lectura parcial sobre el proceso de C, consideraba que C había mejorado sus habilidades sociales y esto podría hacerlo en cualquier otro lado, sin embargo había algo más profundo: C estaba construyendo su identidad a partir de la interacción con los otros, y por primera vez la mirada que recibía por parte de sus pares era positiva e integradora.

En este sentido importa reestablecer la confianza padres-hijos adolescentes, de tal manera que los hijos nuevamente, como cuando eran niños, confíen en la mirada de papá y mamá y en su capacidad de cuidarlos y apoyarlos en el proceso de integración.

Para ello papá/mamá necesitan empatizar con el miedo de este hijo, entrar de lleno en él. Lo logramos cuando logramos conmovernos con el miedo de nuestro hijo y aun así saber, como adultos que nuestra decisión es acertada. Que hemos elegido aquello que en este momento creemos que  beneficiará a la familia a plenitud, no sabemos si funcionará, pero tenemos certeza y convicción en la decisión tomada y esto nos permite acompañar el miedo de nuestro hijo y el proceso de adaptación que deberá enfrentar. 

Esto no significa que nuestro hijo deseará irse con la misma intesidad que los adultos, pero significa algo más importante: confiará en nuestra capacidad de protegerlo y en nuestra puerta siempre abierta para intentar comprenderlo.

 

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  1. Pingback: Emigrar con niños: 1 noticia y 4 preguntas que te harán tus hijos | Blog de una psicoterapeuta

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