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Para Laureano, de un colibrí.

Para @laureanomar de un colibrí

Para @laureanomar de un colibrí

Querido Laureano,

Querido, sí, querido, porque muchos, que jamás te hemos visto en nuestras vidas, te queremos.

Te escribe un colibrí con el piquito llenito de agua.  Paso la mayor parte del tiempo en mi consultorio, como psicóloga, pero ese es otro tema. A mi me toca apagar mi parte del incendio como profesora mal-pagada de una universidad perseguida. Ya nada más eso me llena de orgullo.Te cuento esto,  así, con confianza, porque esta semana te tuve en mi clase, a propósito de tu escrito: El colibrí 

Yo no soy profesora de economía, ni de ingeniería, ni de nada que resulte en un título de esos que al final suelen traer consigo jugosos sueldos. No, yo soy profesora de la Escuela de Educación de la UCAB Guayana, en un salón de 8 alumnas que semanalmente durante este semestre irán a que yo les cuente sobre Psicología del Desarrollo. Nos veremos 14 clases, de 3 horas. De esas, quítale 2, en las que me convierto en la mala-gente que hace el examen y hasta las raspa y todo.

36 horitas de clase, Laureano. Son como poquitas para todo lo que una maestra debería saber sobre mi materia, que es tan bonita.

El martes fue la primera clase, y al finalizar, después de contarles todo lo que les iba a enseñar, todo lo que les iba a exigir y procurar motivarlas a la vez que les pongo los límites claritos, les leí tu cuento de El colibrí.

Mientras leía no podía verlas Laureano, porque iba a llorar. Y queda feo, que un profesor que te amenaza con rasparte si no lees la bibliografía, llore como un niño porque el país se está quemando.

Yo no quería dar esa impresión, así que mientras leía, respiraba y entonaba lo mejor que podía. Con pausas y todo, aguantándome.

Tenía ganas de llorar, Laureano, porque tengo miedo de que el incendio me llegue al salón AR26 y me encuentre con el desanimo, la piratería, el plagio, el irrespeto a la diversidad y otras llamas varias que amenazan aulas universitarias

Tenía ganas de llorar porque las veo allí, tan jóvenes y tan inciertas, que sentí indignación por no poderles prometer un futuro digno de su esfuerzo.

Y tenía ganas de llorar porque cuando leí el cuento del colibrí, decidí que mi salón se llenaría de colibríes, y tuve miedo de no lograrlo porque lo que tengo son 36 horas.

Así que como tenía tantas ganas, lloré.

Un par de lagrimitas se saltaron. Las mas honestas, las que no querían quedarse guardadas porque son auténticas. Salieron con cierta elegancia, timidamente para no hacerme quedar tan mal, pero salieron. Hubiese querido llorar a mares, con ellas, con sus padres, con Puerto Ordaz entera, pero como soy chapada a la antigua y me como el cuento de que uno como profesor debe mantener cierta compostura, pues logre contenerme para invitarlas a ser un grupo de colibríes dispuestos a dar lo mejor de nosotras y aprender lo que nos toca en esas 36 horas.

Así que te lo cuento porque quiero que sepas que los colibríes somos tímidos, calladitos, pero seguimos llenándonos el piquito de agua, por lo menos mientras se pueda. Por lo menos mientras no se nos quemen las alas y no nos quede mas remedio que volar lejos, y curarnos con la esperanza puesta en el regreso.

Gracias por ponernos nombre.

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