Crianza, Vivencias de una psicoterapeuta
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Adolescencia y autonomía

rumbaenmargarita“Las tres  niñas solas” nos fuimos a Margarita, sería el año 97, ¿quizás 98?

Tres estudiantes de psicología,  dispuestas a pasar dos semanas a los grande. El padre de una de ellas nos prestaría la casa, el carro… ¿que más podíamos pedir?

Con 20 años, carro, algo de dinero, playa y total independencia.

Ya hacía mucho tiempo, quizás desde los 16 o 17 años que podía salir con amigos, los de toda la vida, los de los scouts, a acampar. Pero este viaje tenía un tinte diferente, era poner a prueba la autonomía, lo que llaman madurez, la responsabilidad.

Muchos padres de adolescentes tardíos o adultos jóvenes me preguntan por el nivel de independencia que pueden permitirle a sus hijos de esa edad.

– Rosario,  ¿la dejo ir?, ¿es bueno que haga eso? yo no se si estoy siendo muy rígida, pero… ¿debo permitirle que….?

No es mi estilo responder ese tipo de preguntas, por dos razones

La primera es he intento he mis pacientes tengan una respuesta de acuerdo a sus convicciones, no a las mías.

La segunda es que respeto profundamente la capacidad del otro para valorar sus riesgos y oportunidades, y ¿quien soy yo para responder esto?.

Pero yo misma me hago otras preguntas. Me pregunto qué ocurre que no somos capaces de identificar si nuestro hijo es capaz de cuidar de si mismo en nuestra ausencia, o incluso si es capaz de cuidar de sus amigos si estos necesitaran ser cuidados.

En estas conversaciones siempre recuerdo este viaje.

Teníamos la posibilidad real de hacer hacer cosas francamente riesgosas. Nadie iba a detenernos. ¿Por que no las hicimos?, ¿eramos muy tontas y conservadoras? No lo creo.

Creo que teníamos capacidad de cuidar de nosotras mismas y de nuestras amigas.

Creo que podíamos cumplir con nuestras propias reglas  y confiar en que, si algo no iba bien, nuestra amiga no nos abandonaría, sino que estaría allí para cuidarnos. Y sí, teníamos reglas. Las importantes, las cruciales estaban allí, sin la necesidad de vivir una presión externa para cumplirlas.

Pienso que muchos padres intentan llevar la conversación a terrenos en las que el enfrentamiento está garantizado: relaciones sexuales y consumo de drogas. Cuando nuestra manera de dialogar con nuestro hijo es  “No quiero que vayas por que podrías tener sexo”, la respuesta queda en el mismo nivel: “No tendré sexo mamá, ¿por qué piensas eso de mi…?” y allí podemos estar de manera circular durante años.

Pero cuando logramos hablar de autonomía, de la capacidad de cuidar de si mismo y de cuidar y ser cuidado por sus amigos, podemos encontrarnos con la capacidad reflexiva de nuestro hijo.

La respuesta puede ser desalentadora para ambos porque en el pasado hemos visto con preocupación que nuestro hijo aun no logra cumplir sus propias reglas. O porque sus amigos no son buenos cuidadores y por el contrario, cuando alguno se pone en riesgo, los otros no protegen. Y ante ello las consecuencias lógicas pueden implicar dialogar para comprender lo sucedido y acordar cómo se pueden ofrecer nuevas oportunidades.

Pero cuando la respuesta es alentadora: contamos con un hijo capaz de actuar con madurez y rodeado que chicos en la misma “onda”…. ¿podríamos sentir la tentación de negarnos a su autonomía? Sí, podríamos, quizás por convicciones que nada tiene que ver con nuestro hijo, por nuestros patrones de crianza o por aspectos externos a la relación. Y aquí es cuando aparece la empatía como otro aspecto de la madurez de nuestra relación padres – hijos.

Empatizar con los padres implica conocer su historia y las razones por las cuales tiene ciertas convicciones. ¿se las hemos contado y explicado?. Empatizar con nuestros hijos implica comprender la necesidad de autonomía, ¿nos ponemos en su lugar?

Cuando no profundizamos en estos aspectos nos quedamos en el nivel “tengo que confiar en ti” (que es importante!) y nos cuesta entender que va más allá. No sólo se trata de un tema de “confío en ti” sino de “quiero he cuides de ti mismo, aunque yo no este y un no se si eres capaz”

Así que ante la pregunta ¿qué hago, lo dejo ir? no tengo respuesta. Sólo tengo más preguntas

  • ¿Piensas que tu hijo es capaz de cuidar de si mismo?
    • Que permitiría ser cuidado en caso de que estuviera en un riesgo que sus amigos ven y él no…
    • Que cuidaría de sus amigos si estuvieran en una situación complicada para todos…
    • Que es capaz de cumplir sus propias reglas, aunque no se parezcan a las tuyas…
    • Que es capaz de entender tu preocupación…

Y esa respuesta sólo la tienen los padres a partir del diálogo con sus hijos…


Epilogo

La historia de este viaje es hermosa. Mis amigas son hoy profesionales de prestigio en sus áreas y sobretodo son unas madres admirables, que enfrentan retos en la crianza de sus hijos con profunda ternura y dedicación. Tendría el impulso de publicar sus nombres porque me siento profundamente orgullosa de haber sido compañera de estudios y de vida durante esa etapa, pero no se si ellas me dan permiso de hacerlo (por aquello de la privacidad), pero ellas son parte de mi proceso de hacerme adulta.

Nuestros padres se conocieron a través de nuestra historia. No son padres que se conocían desde el colegio, de toda la vida. Son personas que confiaron en nuestro criterio para escoger amistades, para tomar decisiones y que nos acompañaron cuando nos equivocamos. Admiro su capacidad de darse cuenta que podíamos cuidar de nosotras mismas sin ser perfectas, asumiendo que experimentaríamos cosas sin quebrantar nuestras propias reglas. A ellos también les agradezco formar parte de esta historia que me permite comprender hoy en día a tantos padres que se encuentran en los mismos dilemas que ellos una vez tuvieron

Si no fuera por estos momentos y los de hambre…

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