Terapia Familiar, Vivencias de una psicoterapeuta
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Psicoterapia en tiempos difíciles: más empatía y menos indolencia

Un profesional de salud mental requiere de formación y empatía

Un profesional de salud mental requiere de formación y empatía

A diario veo pacientes.

Pacientes testigos de disparos,

Pacientes víctimas de robo y secuestro,

Familias sin dinero para costear tratamientos psicológicos o psicoeducativos, buscadores incansables de medicinas, pañales o alimentos,

Pacientes perdidos en los vericuetos de un sistema incapaz de darle respuesta a sus necesidades de salud, ni mental ni física.

Pacientes en un contexto que supera, en muchas ocasiones, su capacidad para tomar el control de sus vidas y tomar decisiones.

Los entiendo. Los escucho.Tienen el derecho y el deber de transformar su queja sorda en una demanda clara y una meta plausible. El acompañamiento terapéutico conduce a la resilencia desde el contacto y la elaboración de nuestras vivencias, no desde la negación de estas. Ese es mi trabajo.


A veces, en algunos giros sutiles que dan las conversaciones, presenciales o virtuales, escucho voces que parecen colocar el peso en la “energía” o “pensamientos positivos”. A riesgo de ofender a los paladines de la autoayuda, o incluso de ser malinterpretada por amigos y conocidos, me atrevo a decir que no en toda circunstancia valen los principios de “ponerle ganas” o de “mente positiva” cuando se trata de transitar caminos llenos de violencia o vivir carencias que impiden una vida digna y solo permiten la supervivencia. Me resulta una sencilla manera de culpabilizar a las personas de su situación.

Que una madre tenga que ponerle “energía positiva” cuando carece de medicinas para su hijo o que deba vivir el 100% del tiempo en modo “agradecimiento por sobrevivir“, acaba siendo una postura muy cómoda, especialmente de quienes tienen (o tenemos) garantizado lo mínimo.

Es fácil invitar a “estar por encima de las circunstancias” cuando la nevera está llena, cuando se cuenta con atención médica de calidad y no tienes carencias en alimentación o salud. Pero cuando la violencia toca la puerta, cuando entierras al alguien que debió morir viejito y en su cama, cuando eres testigo de un secuestro, víctima del hampa, no tienes a manos medicinas, o no encuentras alimentos con sólo ir al supermercado, no me vengan con que debo (yo o mis pacientes) “estar por encima de esto”.

Sí, lograré estar por encima de esto, pero no porque le pase por encima, lo niegue, me resigne o me disocie. Sino porque lograré hacer transformaciones en mi vida, porque logro elaborar mis propios duelos, porque soy capaz de motorizar mis recursos y refugiarme entre los míos. Esa postura que trata de hacernos ver que esas circunstancias son ajenas a nuestras vidas, ajenas al trabajo terapéutico o son preocupaciones rastreras de seres inferiores apegados a lo material, para mi tienen dos explicaciones: faltas importantes en la formación o indolencia.

Explicaré con detalle mis dos hipótesis, que no tienen más fundamento que mis pensamientos y reflexiones. 

La falta de formación podría hacernos pensar que ciertos síntomas clínicos como la ansiedad, insomnio, tristeza, pensamientos de minusvalía, ideas persecutorias, hiporexia, anhedonia, ideas obsesivas, y un largo etc se podrían solucionar de manera completamente independiente de las circunstancias socioculturales y económicas que vive el paciente. Que es cosa de voluntad, pues.

Durante mi formación el contexto era importante. Desde el primer día cuando veíamos Antropología y el P Wyssenbach sj se esmeraba cada lunes en leernos informes de Derechos Humanos.  Un año entero dedicado a entender dónde vivíamos, nosotros, estudiantes de psicología deseosos de ver pacientes en un consultorio.

Mi querido Parque Social UCAB

Mi querido Parque Social UCAB

La primera vez que tuve un acercamiento a la práctica de la Psicología Clínica fue en quinto año de la carrera. Era una primera ventana a la patología mental, un somero acercamiento a lo que era “clínica” de la de verdad. Había un lugar con consultorios, y pacientes y un profesor que nos supervisaba. Ese lugar, no por casualidad, quedaba en un barrio caraqueño muy desfavorecido económicamente y tocado por la violencia urbana. Allí estaba Juan Carlos Romero, callado y tímido. Puntual y cercano con aquellos que jamás tendrían dinero para pagar su consulta privada. Yo no sé cómo es Juan Carlos en otro contexto, pero el sólo hecho que nos invitara a ver a esos pacientes y no otros, en medio de esas circunstancias, lo hizo inolvidable para mi.

La imagen de figura materna, los estilos de crianza, la relación con la figura paterna, los conflictos intrapsíquicos de esos pacientes no eran ajenos al clima de violencia que les tocaba vivir, ni a sus carencias económicas. Mi orientación vocacional en aquella primera etapa profesional era francamente comunitaria y menos clínica, al final acabé trabajando muchos años en contextos desfavorecidos. Volví a ver a Juan Carlos muchas veces, con frecuencia conversando con el querido P. Azagra sj. Años mas tarde, era el director de un post grado que nunca hice “Piscología Clínica Comunitaria”. Qué valioso apellido!. “Comunitaria” era una manera de expresar que se trataba de una clínica contextualizada. Era la forma de enseñar y aprender de mi Escuela de Psicología: en contexto.

Ese mismo año vi un seminario que marcó mi ejercicio profesional y que aún en la actualidad considero el mejor regalo de mi carrera: el Seminario de Terapia de Familia de la profesora Emma Mejías. Como siempre me pasa cuando algo me cautiva, lo recuerdo como una película. Emma explicaba en clase, cargada de ejemplos y casos, las variables que debíamos tomar en cuenta en terapia familiar: individuales, familiares, culturales e históricas. Muchos años después lo volví a escuchar de boca de Juan Miguel de Pablo, mi querido profesor durante mi formación de Terapia Familiar Sistémica en Cádiz.

Había que tomar en cuenta las variables históricas!

Hoy lo veo. Agradezco saber su influencia, porque mis pacientes y yo misma, para poder desarrollar resiliencia necesitan (mos) elaborar estas circunstancias y darle sentido en nuestras vidas. No disociarse de ellas. Ni confundir aceptación con resignación, muchísimo menos negarlas al punto de la psicosis. Y esto es válido para mis pacientes españoles afectados por la crisis económica. O para mis pacientes inmigrantes de mi consulta en Mallorca, y especialmente válido para mis pacientes en Venezuela.

La otra razón por la cual podríamos llegar a pensar que los síntomas clínicos pueden superarse al margen de las circunstancias es la simple y muy inhumana indolencia. Y esto no tienen nada que ver con la formación. Tiene que ver con falta de empatía con las necesidad del otro, especialmente con las necesidades básicas y las materiales. Sí, las materiales: comida, regalos de cumpleaños, ropa suficiente, zapatos nuevos para empezar el colegio, repuestos para reparar lo que se daña, dinero para pagar un curso, y hasta un  perfume pagado por partes para sentirse a gusto. Esas necesidades reales y creadas por las marcas, forman parte de la vida de nuestro paciente, y de nuestros compañeros de trabajo, y de nuestros vecinos. Minimizarlas o negarlas nos lleva al nivel de falta de empatía y reconocimiento del otro. De un otro que, aun cuando es capaz de agradecer lo que es, hace y tiene, a la vez es capaz de sentir dolor por lo que las circunstancias le impiden ser, hacer o tener. Y esas circunstancias en nuestro contexto actual son muy poderosas para un numerosos grupo de personas en diferentes entornos. Lo son para la madre que no encuentra medicinas. Lo son para la maestra que no puede pagar un curso, para la abuela que debe criar un nieto porque su hijo murió en un atraco. Para la mujer que desea divorciarse pero no podría económicamente salir adelante sin el marido maltratador. Para el hombre que además de trabajar, debe vender fruta en una esquina para completar un sueldo indigno. Para la mujer que no cuenta con dinero para pagar un especialista que ayude a su hijo con autismo. Para la familia que no puede pagar la consulta del neuropediatra.

Si a todos ellos sólo tengo que decirle “superalo, esas circunstancias no pueden afectar tu estado de animo. Debemos estar agradecidos“, si no soy capaz de escuchar estas circunstancias para luego integrarlas y activar sus recursos personales y comunitarios, es posible que yo sea simplemente indolente. Puede ser que no me importe sino la satisfacción de mis propias necesidades, me esconda en mi burbuja, y evite mirar el mundo miserable que ahoga a los que buscan medicinas, papel higiénico o entierran muertos que no debieron morir.

Y eso no se cura con formación, ni con dinero. Eso es una plaga.

Y nos está destruyendo.

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