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Al rescate de la vergüenza

“No sientas vergüenza” , “eso no es para tanto” ¿Pero por qué te da vergüenza”

verguenza-

El manejo de la vergüenza en terapia y su función en el proceso

En mis años de psicoterapeuta veo una y otra vez aparecer la vergüenza en la consulta.
Leí recientemente un post en instagram con una experiencia cuya autora había experimentado como avergonzante. Era uno de esos momentos en los que deseas, en los más profundo, que la tierra se abra y te trague para siempre. La tierra no suele tragar gente, pero nosotros, al pasar los días, solemos tragarnos la vergüenza y olvidar el momento. Miles de comentarios le sugerían o le ordenaban que no sintiera vergüenza. Era como un mandato, como si fuese posible gobernar los sentimientos. El acuerdo era unánime: la autora debía desterrar la vergüenza de su vida. Me llamó la atención que nadie le preguntó por qué, para ella, la experiencia la hacía sentir de esta manera. No se lo peguntaron, ni por curiosidad.

Pero la vergüenza tiene dos funciones importantes:

(1) Es una señal de alarma de que algo que, nuestras creencias han clasificado como moralmente incorrecto, está sucediendo. Todos tenemos un código de honor. Valores que no estamos dispuestos a negociar. Acciones que clasificamos de inmorales por la carga violenta que trae hacia alguien que no puede defenderse, o por la injusticia que implican, o por aquello que simplemente ns dijeron que era “malo”. Sentimos vergüenza muchas veces cuando participamos, somos testigos o somos víctimas de un acto inmoral: sienten vergüenza las víctimas de abuso sexual, los hijos de personas que participan de actos ilegales, los familiares o parejas de personas que explotan, maltratan y humillan a otros. Así la mujer maltratada, la víctima de abuso sexual o el hijo de un corrupto siente vergüenza de confesar el hecho que conoce de sobra. Y lo más doloroso es que siente vergüenza, aunque no sea culpable.

(2) Es una señal de alarma que nos habla de situaciones en las que nos sentimos inadecuados, pues en nuestra historia alguien se encargó de hacernos sentir “menos”. Es la razón por la que alguien esconde algo de si mismo: un noviazgo, kilos, nacionalidad, el diagnóstico de un hijo con una condición especial, notas en el colegio y hasta un familiar querido que no se ajusta a las expectativas de otro.

En ambos casos la vergüenza es una señal valiosísima. Como una alarma tan potente que enrojece los cachetes, hace palpitar el corazón, sudar las manos y quita el sueño. Cuando la enterramos sin entenderla, no nos permitimos revisar nuestras convicciones morales, e incluso comprender hechos en los que nos hemos sentido culpables sin tener la más mínima responsabilidad.

Hace unos años una paciente bulímica me contaba sobre los atracones. Uno de los sentimientos devastadores era la vergüenza que sentía. Después de cada atracón volvía a verse, pequeña y redonda, completamente enrojecida mientras su madre la humillaba frente al resto de su familia, llamándola “gorda”, mientras ella apretaba entre las manos un trozo de pastel que se metía en los bolsillos como la prueba de un delito que no debía ser descubierto.
30 años más tarde sentía lo mismo cuando veía la mesa repleta de sobras y justo antes de vomitar. La forma que tenía de prevenir estos episodios era rodearse de gente, pues sabía que solo la presencia de los otros, la amenaza de ser descubierta, controlaba su impulso de comer desaforadamente. Así pues, la vergüenza tenía un efecto: controlarla. El precio de ese control era la angustia.
Todas mis pacientes que alguna vez han vivido abuso sexual, todas sin excepción, han sentido una intensa vergüenza por le hecho y sobretodo por no haber tenido éxito en detener al agresor. Esta vergüenza en la mayoría de los casos ha servido como candado para no contar un secreto dañino, pero también ha sido la alarma que se enciende para comprender que el hecho es moralmente incorrecto.
Manejar la vergüenza en terapia  ha sido clave para poder sentirse íntegras, para poder saberse suficientes para si mismas y para poder comprender que la vergüenza ha actuado como un mecanismo de control de un “otro” que ha necesitado minimizarlas y paralizarlas. Solo viendo la vergüenza mis pacientes han podido restarle poder a ese “otro” y retomar el control de sus vidas. Son pacientes que durante años han tratado de huir de la vergüenza, y en nuestras sesiones de terapia hemos hecho el camino inverso: la hemos visto de frente.

Como todos los sentimientos, en altas dosis, causan sufrimiento. Una sobredosis de vergüenza tiene un efecto devastador: paraliza. ¿por qué? Porque la vergüenza es usada muchas veces como un mecanismo de control, utilizando un mecanismo perverso que se llama humillación.

Todos podemos recordar algún episodio vergonzoso. Algunas veces el recuerdo nos resulta chistoso y otras tierno. Esto ocurre cundo comprendemos que nuestro sentimiento de inadecuación era una distorsión de la realidad y que aquel hecho, si se repitiera, ahora mismo no sería devastador. También muchas personas viven bajo expectativas de si mismo tan rígidas, que cuando no las cumplen sienten vergüenza.

Pero muchas veces la vergüenza sobre el hecho nos acompaña, y el solo hecho de volver a recordarlo, nos angustia. Es cuando en este hecho ha ocurrido algo dañino. Cuando, aunque no queremos nombrarlo, sabemos que los implicados nos humillaron y utilizaron la vergüenza para controlarnos. Como aquella mujer víctima de abuso, cuyo victimario la amenaza “tu te lo buscaste, tu viniste aquí porque querías, si dices que yo te obligué nadie te va a creer y quedarás como lo que eres” O aquel niño que sabe que su familia tiene un negocio ilícito y escucha “que yo no te escuche quejándote, que tu comes de lo que yo gano”. O los hijos que saben que viven el maltrato de sus padres “si dices que yo te pego te va ir peor, todo el mundo sabe que tu eres malo”. “no le digas a nadie de dónde somos (que religión profesamos, qué partido político estamos afiliados), si lo saben no nos van a dar trabajo”.

 La vergüenza que sienten estas personas es, de alguna manera, la consciencia de que algo moralmente incorrecto está ocurriendo, pero por alguna razón que no logras explicar te sientes cómplice sin serlo.

Si sientes vergüenza trata de identificar lo siguiente
(1) ¿se trata de una vergüenza por sentirse inadecuado?
(2) ¿se trata de vergüenza porque un hecho abusivo  está ocurriendo?

Si es el primer caso, será importante revisar tus expectativas acerca de ti mismo y tu entorno, preguntarnos si estamos siendo demasiado rígidos con aquello que “debemos ser, hacer  y tener”.

Si se trata del segundo caso, es muy importante identificar el hecho, que quizás ocurrió hace mucho tiempo o que, está ocurriendo ahora mismo para poder actuar de una manera coherente contigo mismo y no con el silencio  cómplice que genera angustia.

La interpretación de la vergüenza es necesaria para superar heridas pasadas y vivir libre y plenamente. Mirarla a la cara es la única forma de hacerlo.

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