Blog de una psicoterapeuta, Vivir en otro país
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Polaridades del inmigrante (I): Amor – odio hacia el país de orígen

raices pais de origen inmigrantes

Un día cualquiera, mi hija pinta nuestra bandera. No porque la ame o la odie, sino porque le pertenece.

#raíces

#Familiainmigrante

#historiafamiliar

“Odio a mi país” vs “Amo a mi país”

“Agradezco todo a mi país” vs “no tengo nada que agradecerle a mi país”

El conflicto de lealtad con el país de origen y lo que éste representa es una constante entre los inmigrantes. No permanece en un estadio estático, sino que evoluciona , conforme va evolucionando la adaptación en el nuevo país. Desde un amor idealizado hasta una suerte odio a todo lo que represente el origen (puedes leer sobre la polaridad idealización vs denigración aquí). Se puede vivir en diferentes facetas, en diferentes momentos y cada uno de los sentimientos que que tenemos hacia el país nos dice mucho de lo que somos capaces de integrar de él en nuestra vida actual.

Recientemente apareció en el muro del alguien, a quien aprecio por su solidaridad con la comunidad inmigrante, un artículo de “odio” hacia su país de origen (no coloco el enlace porque no suelo hacerme eco de palabras que no me representan, pero pueden seguramente encontrar muchos, sobre muchos países en internet). Era una especie de descarga contra todo lo que representa la violencia, el atropello, la corrupción y el miedo. Naturalmente su muro se llenó de comentarios radicales, que servían para terminar de hacer un “reguero” de sentimientos. Los que “odiaban” a su país y los que lo “amaban” con fuerza.

Esta polaridad amor – odio hacia el país de origen se parece mucho al amor-odio hacia los padres. No por casualidad la palabra *patria* comparte su raíz con la palabra *padre*. Cuando todo marcha más o menos en un tono armonioso con nuestros padres las polaridades no son causa de angustia, pero cuando sobreviene el conflicto, aparece la polaridad con fuerza, y con ello el conflicto de lealtades. Cuando venimos de un país en conflicto (en guerra, en injusticia, en violencia, en pobreza) nuestra relación con “el país” puede estar cargada de polaridades. Es difícil sentir orgullo por un padre/país alcohólico, oportunista y violento.

Pero si que es necesario, para vivir en paz, escarbar en esas pequeñas cosas que ese padre/país, el que tocó en suerte, enseña. Así sea saber que el camino que él escogió no es que que uno escogería. Así sea amar las flores, o cantar a todo pulmón cuando se está feliz. El que no logra ver esas pequeñas cosas en el “pater” (padre/patria) vive en el eterno conflicto y solo quiere ser hijo de su mamá (la que acoge, como el país que nos adopta). Es un proceso integrar ambas caras… pero vale la pena. Nos aleja de las descargas de sentimientos y nos permite construir nuestra historia aceptando nuestras raíces, amando lo “amable” y manteniendo una distancia prudencial de aquello con lo cual no nos identificamos.

La crianza de los hijos como familias inmigrantes nos obliga a ver nuestra raíz con muchos “lentes”, nos coloca en la posición de explicar de dónde venimos. Y nos toca hablar de nuestros países, no solo como un lugar en el que vive gente que nos llama o nos escribe, sino como una construcción psíquica que representa el amor, el miedo, la gratitud, la alegría, la familia, la violencia…  todo eso al mismo tiempo, y más.

La gente ama (odia, reniega, se enorgullece, agradece, ignora…) sus raíces … y sigue viviendo. Toma decisiones. Trabaja, se casa, se muda, se divorcia, cría hijos, se enferma, hace amigos. El escenario en el que esto suceda puede ser diverso. Cada quien es libre de expresar lo que siente por sus raíces, y responsable de lo que hace con sus sentimientos, incluidos los juicios que emite sobre otros que han decidido permanecer en “el” país o han decidido emprender su vida en otro territorio.

En el muro de mi amiga compartí lo siguiente:

“El país es una construcción que obedece al tiempo que vive. Quien hoy tiene 70 años y nació en Alemania creció en la vergüenza por su país. Quien hoy tiene 50 vivió el sacrificio del milagro alemán , quien hoy tiene 20 está orgulloso… Querer regresar como prueba de amor  al país es una falacia, tanto como decir yo me quedo porque amo a mi patria. La vida es un poco mas compleja que eso, ¿no? . Nos vamos de un país ejerciendo un derecho, viviendo soberanos y libres en nuestras decisiones adultas. Al menos en mi caso el odio tiene muy poco que ver con mis decisiones. Cuando leo esos textos los entiendo… son como una descarga… pero como siempre pasa con las descargas, queda todo salpicado y toca limpiar y ordenar un poco para saber con qué te quedas. Este articulo tiene al final la clave: “siento que nací en el lugar equivocado” dice su autor/a … después de la descarga, se logra entender que el/ella tiene que dar pasos.

1.- Pone el hombro para cambiar su entorno,

2.- Se busca un microcosmos que le permita ser lo que sueña

3.- Se va a otro entorno.

Ojalá nos enteremos si logró dar pasos, asi no nos quedamos solo con el reguero salpicado de la descarga…”

Creo que lo importante es reconocer que los sentimientos polarizados hacia el país de origen son comunes, que expresarlos es un derecho y que es nuestra responsabilidad lo que hacemos con esos sentimientos. ¿Tomamos decisiones secuestrados por nuestras polaridades? ¿Juzgamos a otros desde nuestra polaridad amor/odio? ¿Criamos a nuestros hijos desde la división?, ¿nos permitimos la conexión con el presente el pasado y el futuro o nos obligamos a comenzar de cero, “borrando” toda huella de lo vivido?…

 

Ir un poco más allá de las descargas, mirar nuestros sentimientos hacia nuestro origen nos hace siempre más libres.

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  1. Pingback: Polaridades del inmigrante (II): idealización vs denigración | Contratransferencia

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