Blog de una psicoterapeuta, Relaciones familiares, Terapia Familiar, Vivir en otro país
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La visita familiar cuando hemos emigrado: encuentros y desencuentros

familia-inmigranteConfieso que me ha costado escribir este post, pues está dedicado a las familias que se encuentran (y quizás se des-encuentran) después de mucho tiempo. Un tiempo en el cual alguna de las partes ha vivido experiencias con la violencia, la pobreza y/o la injusticia. Es un post que me ha pedido una familia venezolana, pero podría ser cualquier familia.

En general, los encuentros cuando ambas partes han experimentado la sensación de avance y progreso, cada uno en el país en el que reside, están marcados por la historia familiar, los cambios naturales que se producen interioriormente después de emigrar y los cambios estructurales como el matrimonio, la viudez o el nacimiento de un bebe. Pero cuando una de las partes ha vivido la sensación de estancamiento, empobrecimiento o marginación, mientras la otra siente que avanza y crece, el encuentro puede ser motivo de desilusión, frustración o distanciamiento, si no comprendemos qué ocurre y lo manejamos desde el amor, la empatía y la solidaridad.

He escrito en otras oportunidades sobre las visitas, sobre la convivencia de dos familias en la misma casa cuando emigramos, y otros temas relacionados como qué hacer cuando nuestra familia tiene un problema y vivimos en otro país. Pero este post es diferente, lo escribo para muchas familias venezolanas, que podrían ser de cualquier otro país en conflicto y que, anhelan verse con sus familiares en el extranjero, aunque sea un breve tiempo, pero que una vez juntos, no logran conectar, o el dolor se hace presente, aunque no lo hemos invitado.


Sí, quien nos visita desde un país donde vive la violencia, la pobreza y la injusticia tiene el “corazón partío”.

Sale a una visita en la que no solo se encontrará con sus seres amados. También encontrará el reflejo de sus carencias, si decide colocar su atención y energía en ello. Sí, la desigualdad social/economica/ciudadana puede llegar a interferir en la vida cotidiana.

¿pasa siempre? ¡No!

Pero puede pasar.

No juzgo. Solo quiero abrir este espacio para aquellas familias que se encuentran y desencuentran cuando no logran conectar con sus vivencias personales porque la experiencia traumática con la violencia y la pobreza lo impide.

Contaré una breve historia.

Ellos viven desde hace años (digamos muchos) en una ciudad mediana de el Norte de USA. Un lugar tranquilo, predecible y en el que desempeñan trabajos que podríamos calificar de “normalitos”: sueldos normales, trato respetuoso, tareas agradables y tiempo libre suficiente para dedicar a la familia. No viajan con frecuencia a Venezuela, no por falta de ganas sino porque con trabajos “normalitos” las vacaciones suelen ser “normalitas”. Sin embargo, el los últimos años el clima violento y empobrecido de Venezuela los ha disuadido de viajar y por el contrario se han esforzado por traer a sus padres a una larga visita, que finalmente se concreta este año. ¡Cuánta expectativa!

Por fin podrán llevarlos en otoño a caminar por el bosque a recoger hojas secas, hacer pastel de calabaza, ver cómo es Haloween de verdad-verdad… Podrán regalarles un par de meses de paz.

Pero no lo consiguen. Por más que lo intentan, sus padres no logran desconectarse de las carencias a las que sistemáticamente se han visto expuestos los últimos dos años. No logran pasar 24 horas en ese bucólico presente que les regala el otoño. No pueden abrir un paquete de harina sin pensar en sus hermanos. Ni pueden manejar la culpa que les produce estar lejos de la otra parte de la familia que hoy, una vez más, no encontró todo lo que necesitaba. A esto se une que lo del pastel de calabaza parece una gringada que no les satisface, lo de Haloween un extraño invento y en realidad hace mucho frío para pasear. No entienden por qué su nieto no puede tomar Toddy antes de dormir y mucho menos qué son esos tales productos “bio” que su nuera insiste en comprar porque lo demás está lleno de pesticidas.

Tras un mes, la convivencia es bastante pesada. Las expectativas frustradas y empiezan a temer que la Navidad sea algo desastrosa porque tienen invitados y piensan hacer una mezcla de platos típicos de “aquí y allá” que en nada convencen a la familia.


¿Qué sentimos?

Desconcierto, incomprensión, sorpresa, rabia, tristeza, dolor, frustración… (y un largo etc.)

¿Qué pasa?

Que confundimos tres grandes choques con uno solo:

1.- Hemos crecido: y nos cuesta aceptar el cambio propio del crecimiento. Esto es natural, no tiene nada que ver con la realidad social. Es esperado que, si además no solo nosotros, sino nuestros hijos han crecido, nuestros visitantes se sientan desconcertados y no sepan cómo actual ante las nuevas personas que tienen delante.

2.- Hemos incorporado nuevas costumbres y hábitos: el contacto con la nueva cultura, el clima, la información de la que disponemos, los amigos de nuestros hijos… todo lo vivido impulsa un proceso absolutamente natural entre la integración y la asimilación de nuevas formas de vestir, comer, divertirnos, poner límites y hasta de expresar afecto.

3.- Hemos vivido experiencias que interpretamos como traumáticas, duras o dolorosas o nuestro contexto social es especialmente abrumador. Y este choque entre abundancia-carencia, paz-conflicto, tranquilidad-miedo, estabilidad-incertidumbre no sabemos manejarlo. Nos quedamos en uno de los polos y no sabemos conectar con el otro. Sobreviene entonces el dolor, la culpa y el desconcierto.

Sobre el punto 3: ¿Qué podemos hacer?

1.- Ser empáticos. Entender la vivencia traumática del empobrecimiento súbito y la violencia sostenida. Escuchar con atención, sin interrumpir y sin juzgar. Es su historia, merece ser escuchada y muchas veces no existen los espacios para hacerlo porque se imponen los “tu sabes cómo es”, “para qué voy a contarte” y “no los quiero preocupar”. La experiencia sin duda tiene una carga ideológica (cualquiera que esta sea) pero no es momento para hacer proselitismo político o culpabilizar a nadie. Es momento de escucha.

2.- Manten tu invitación de vivir el encuentro como un momento de paz que se merecen todos. Esta invitación puede ser confundida con la idea de “negar la realidad”. Afortunadamente eso que llamamos “realidad” tiene muchas caras y lo saludable es que podamos explorar y experimentar cada una de esas caras. Quien te visita puede aprovechar el momento para experimentar una cara más amable y segura de la “realidad”.

3.- Respeta los hábitos de hiperconexión sin cambiar los tuyos. Si te sientes invadido por la información, explica por qué has limitado tu sobre exposición a las noticias violentas y si tienes niños, explica los filtros que usas para que ellos puedan conocer los sucesos sin sentirse ansiosos por la familia de orígen.

4.- Hazte eco de la práctica de la no-comparación: describe lo que ves, escucha descripciones, pero evita conscientemente comparar.

5.- Evita proponer “soluciones” que no aplican a la vida de las personas que te visitan: a veces la angustia que nos produce la situación nos lleva a tratar de buscar soculciones inmeditas llegando a atropellar al otro,  con sugerencias que parten del “si yo fuera tu”. En ese momento, detente. No eres tu y el otro no es un niño, no lo infantilices. Respeta sus decisiones, sus recursos, su proyecto. Sugerencias no solicitadas como “emigra”, “vende la casa”, “cambia de empleo”, “divorciate” pueden llegar a ser piedras que construyen auténticos muros.

Cuando me visitan…

Me encanta que me visiten. Que vengan, abran maletas, se pongan cómodos  y empecemos a hablar y reír  durante horas. Algo que he aprendido a mantener después de emigrar,  hace ya tanto tiempo, es mi conexión radical con el aquí y ahora. Cuando me visitan suelo hacer una pausa de conexión con el “mundo exterior” y me concentro en mis invitados como una manera de ofrecer y recibir atención plena. Esa conexión se contagia y se convierte en una forma de vivir esos días. Aprovecho para buscar nuevos puntos en común y mostrarme en mi “versión más reciente” y conocer la “versión más reciente” de mis huéspedes. Me conecto con la historia de quien me visita, lo escucho y le ofrezco el mayor cuidado que puedo, cuando siento que necesita ser atendido y reconfortado. Le ofrezco generosamente un lugar en mi casa, un rol que cumplir que le haga sentirse parte de la rutina diaria y soltar temporalmente aquella rutina que dejó en su casa, y que a veces es tan agotadora. Y me despido con el mantra que me enseñó mi mamá “¡Nos vemos pronto!”, agradecida por el tiempo compartido y llena de cariño.

Si necesitas asesoramiento psicológico para abordar este u otro tema en tu familia, de forma profesional, ética y responsable 

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3 Comments

  1. ¿Y cuando no hay empatía?
    Han pasado 6 meses y cada día hay menos empatía….
    6 inimaginados meses…
    …sigue aquí en mi casa con mi esposo y mi hija… Sin idea del cuándo o mejor dicho, hasta cuándo, ya somo extraños perfectos extraños practicantes de la educación “buenos días”, “hasta luego”, “buenas noches”…

    Muchas heridas vieeeejas, que impiden actuar desde el amor… No hay amor.

    Me gusta

  2. Pingback: Reencuentro familiar después de emigrar; volver a casa por Navidad | Contratransferencia

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