Blog de una psicoterapeuta, Psicología para emigrar, Vivencias de una psicoterapeuta
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A mis lectores Venezolanos residentes en Venezuela (en septiembre de 2018)

Escribo sobre migración y psicología desde hace 10 años. Pueden revisar los archivos de mi blog, desde la época en la que no existían redes sociales y los venezolanos en el exterior eran unos pocos a los que se les hacía una fiesta de despedida para desearles buena suerte y un pronto regreso. Chávez era un presidente con planes que aún no había concretado. Emigrar de Venezuela era una opción, porque Venezuela seguía siendo una promesa por cumplir y yo escribía, y sigo escribiendo, para personas de habla hispana que tenían un proyecto entre manos que los alejaba en kilómetros de su país de origen y que podían tener en la experiencia migratoria retos en su vida personal que requerían de una mirada que tomara en cuenta esta particularidad. En su mayoría emigrantes económicos (que buscan mejoras en su calidad de vida), migrantes por motivos laborales (lo que se suelen llamar expatriados), migrantes por motivos académicos o por motivos amorosos. Gente que se mueve, como se ha movido el mundo siempre. Nunca me plantee escribir para desplazados. Nunca pensé que mi gente, diez años más tarde, serían desplazados por la violencia política, el hambre o la falta de recursos médicos.

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Creo que aún quedan en Venezuela personas, parejas y familias con proyectos migratorios “clásicos”. Pero las imágenes que nos llegan de la migración que ocurre por tierra se parece más a los desplazamientos forzados, aunque técnicamente nadie los nombre como tal. Porque muchos de quienes “emigran” vienen de vivencias de una guerra del gobierno contra el pueblo, en la que ya sabemos quién perdió. La vivencia psicológica de esta manera de “emigrar” no tiene nada que ver con la vivencia de quien emigra porque tiene una beca de doctorado, porque se enamoró de un extranjero, porque tiene una oferta laboral o porque sabe que en determinado lugar, sus oportunidades de empleo son buenas y se prepara conscientemente para hacerlo viable.

 

Estoy segura que organizaciones como Acnur o el Servicio Jesuíta para Refugiados tiene mucho más que decir que yo al respecto y con mucha más propiedad. Pero quiero utilizar este espacio para explicar mi opinión, porque no hacerlo sería irresponsable. 

 

Está muy descrito en la literatura lo traumático que puede resultar el tránsito de un país a otro en la medida en la que el proceso se hace más riesgoso y los derechos más vulnerados. No tener documentos en regla, cruzar largas distancias a pie, arriesgarse a ser robado, secuestrado, maltratado o extorsionado, son todos factores que terminan por acrecentar las probabilidad de vivir Síndrome de estrés post traumático. Fíjense que no se trata de duelo migratorio (que naturalmente también es posible). Se trata de un trastorno propio de las víctimas de la violencia. Sus síntomas y su abordaje terapéutico es muy diferente. Quienes emigran de Venezuela desde 2017   vienen de enterrar familiares que no tuvieron atención médica, de bajar peso por desnutrición, de tener a los niños en casa porque por un motivo la escuela no puede garantizar la continuidad. Vienen de esperar meses por sus documentos para emprender el viaje y  han naturalizado la extorsión como parte del precio a pagar por viajar.

 

Lo mismo ocurre con aquellas personas que inician un proceso de adaptación con factores de riesgo como: ilegalidad, pobreza, falta de conocimiento del entorno, desconocimiento del idioma, ausencia de redes de apoyo… todo lo que un emigrante clásico se asegura antes de salir y que un desplazado no puede darse el lujo de tener.

 

Hablar de “emigración” en el 2018 en Venezuela puede ser una manera de negar un problema: el de los que se desplazan sin mayor plan que el de sobrevivir. Porque sobrevivir es un plan legítimo, aunque se convierta en ilegal al cruzar la frontera.

Un problema que afecta en modo diferente a los cuatro grandes protagonistas de este proceso:

  1. Aquellos que viven en Venezuela y planean o están en este momento  movilizándose en calidad de desplazados (no reconocido oficialmente por nadie),
  2. Aquellos que viven en el extranjero y desean ayudar a su familia a asumir el riesgo de desplazarse o apoyan a su familia que decide quedarse en estos años tan complejos para la población
  3. La población de los países receptores que no está preparada para recibir a tantas personas, al mismo tiempo.
  4. Lo más olvidados: los que no van a emigrar/desplazarse por diferentes motivos y que observan a los que se van transitando diversos estados emocionales que poca gente está dispuesta a escuchar y que mis colegas en Venezuela atienden a diario, sobrepasados por historias que se repiten sin cesar.

 

Este post quiere hacer la función de “criterio de realidad”. No estamos frente a migrantes económicos. Estamos frente a un numeroso grupo de personas que tienen una experiencia personal muy similar a la de los desplazados. Cuando llamemos las cosas por su nombre podremos abordarlas como lo que son. Podremos entender que quienes salen de Venezuela desde 2015 llevan consigo una carga muy diferente a los que salieron entre 1998 y 2003 y entre 2004 y 2014 (la razón por la cual hago esta diferencia en la línea del tiempo la puedo explicar en otro post).

 

En mi consulta online el 60% de mis pacientes son venezolanos en el extranjero. Mis pacientes viven la situación venezolana con sentimientos muy parecidos a los sobrevivientes de una guerra (culpa, alivio por sentirse “a salvo”, miedo, angustia por la seguridad física de sus familiares, desolación… ). Soy testigo diario de cómo cada venezolano, desde el neurocirujano hasta el obrero de la construcción, reserva una parte de su presupuesto para enviar dinero a través del mercado negro para que alguien pueda comer y tener medicinas. Se de primera mano que la culpa por haberse “salvado” está allí, como los sobrevivientes de los desastres naturales, de las guerras o de los accidentes de tráfico. Escucho el llanto de mis pacientes que ven a sus familiares adelgazar, enfermar y alegrarse por encontrar harina o aceite .Veo cada día cómo el duelo no es por emigrar, sino porque el país que conocen ya no está y las posibilidades de volver entrañan riesgos reales y una carga adicional a la familia. Se, por experiencia, que los proyectos migratorios venezolanos en el 2018 no pueden fallar, simplemente porque no hay un país al que volver. No, no estamos en el 2003, cuando un venezolano que emigraba podía sentirse entusiasmado con la idea del retorno. Ni tampoco en el 2008, cuando las visitas de los familiares eran posibles y pasar las vacaciones en tu tierra una plan factible.

 

Muchos venezolanos que estamos en el extranjero sentimos a veces miedo de hablar a nuestra gente sobre la situación interna. Sí, miedo. Nos da miedo ser malinterpretados, nos da miedo que nuestras palabras se queden cortas frente a lo que están viviendo. También da miedo sentir que alguien crea que competimos con nuestros hermanos por quién sufre más esta tragedia que hoy es nuestro país. En muchas ocasiones la falsa dicotomía de “los de adentro” y los “de afuera” se apodera del discurso y  nos devora creando luchas estériles en los muros facebook y después solo queda el silencio. Un silencio que aleja y crea muros invisibles pero tangibles.

Para ti, que me lees desde Venezuela quiero que sepas que no estoy ni dentro ni fuera. Soy testigo de la situación desde un lugar muy particular: el de mi consultorio online y desde allí trabajo a diario para que las dos caras de una misma moneda se vean la una a la otra y se sientan parte de un todo.

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