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Temas relacionados con el proceso migratorio y sus implicaciones emocionales en la familia y las personas.

A mis lectores Venezolanos residentes en Venezuela (en septiembre de 2018)

Hablar de “emigración” en el 2018 en Venezuela puede ser una manera de negar un problema: el de los que se desplazan sin mayor plan que el de sobrevivir. Este post quiere hacer la función de “criterio de realidad”. No estamos frente a migrantes económicos. Estamos frente a un numeroso grupo de personas que tienen una experiencia personal muy similar a la de los desplazados. Cuando llamemos las cosas por su nombre podremos abordarlas como lo que son. En mi consulta online el 60% de mis pacientes son venezolanos en el extranjero. Mis pacientes viven la situación venezolana con sentimientos muy parecidos a los sobrevivientes de una guerra (culpa, alivio por sentirse “a salvo”, miedo, angustia por la seguridad física de sus familiares, desolación… ). Para ti, que me lees desde Venezuela quiero que sepas que no estoy ni dentro ni fuera. Soy testigo de la situación desde un lugar muy particular: el de mi consultorio online y desde allí trabajo a diario para que las dos caras de una misma moneda se vean la una a la otra y se sientan parte de un todo.

¡Juntos de nuevo! ¿y ahora qué?: cómo preparar y manejar la reagrupación familiar después de una larga separación

¿cómo sera la convivencia?, ¿podrán ajustarse fácilmente los miembros de esta familia?¿qué pasa si no lo logramos?¿cómo manejarlo si el padre/madre biológico no está cerca? ‘si tenemos mucho tiempo separados, nos afectará?

He creado un taller privado on line para familias con estas dudas

Tres años en Alemania

Tres años en Alemania. Tres años trabajando este jardín. Llegamos a una casa de un tamaño más que razonable para una familia de tres personas y un perro que venían de vivir en pocos metros cuadrados. La casa en si misma estaba muy bien. Pero ese trozo de tierra lleno de malas hierbas , arbustos sin jardinero y rosales salvajes era, literalmente, nuestra “tierra prometida”. Junto a las primeras cosas que compré al día siguiente de nuestra llegada, estaba un par de guantes de jardinería y el mismo día empecé a arrancar matojos. Con más desesperación que visión a largo plazo, inicié mi carrera de jardinera. Sabía que, detrás de las  malas hierbas, debajo del batallón de babosas y justo entre los espinos, se escondía el jardín más bonito que yo habría podido soñar. Había que trabajar duro y así lo hice el primer año. Trabajé duro… sin conocer el terreno. Sin tener ni idea de las estaciones ni por qué debía cortar aquello que no quería podar o sembrar flores que no vería en …